¡No estaría nada mal! –dijo él al entrar por la puerta.
Ella sonrió.
Después de un largo rato, llegaron a la habitación, después de recorrer el pasillo con cortos pasos. Bonita cama, llamativas sábanas blancas que a simple vista podían parecer incluso ingenuas. Lástima que más tarde esa calificación se perdiera.
Sin pausa, demasiados besos, a medida que se tumbaban sobre la cama. Aún más besos, alguna sonrisa, ojos cerrados, caricias interminables, suave y pausadamente prendas caían al suelo. Por sus mentes corría la sensación, de que todo en silencio era mejor, si es que podía haber algo mejor que rozar nariz con nariz, y sentir escalofríos al pasar lentamente sus dedos contra su espalda. ¿Ingenuas las sábanas no? ¡Había que darle otro toque!
Ya sabéis el resto. No contaré algo tan típico.
-Bésame ahora. –dijo ella.
-¿Aún más? –rió él.
-Sí.
-¿Por qué? –preguntó extrañado.
-No hay razón, sólo bésame.
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